Desde que gobierna el tripartito, elaborar leyes sobre cualquier cosa se ha convertido casi en una obsesión. Legislar es la mejor manera de demostrar la obra de gobierno, aunque no sirva para nada.
La cuestión es hacer una ley catalana, en catalán y decir que somos pioneros, aunque no exista materia que regular.
Están en trámite, casi una veintena de leyes prescindibles y tan intervencionistas que tienden a recortar cada vez más nuestro espacio de libertad, incluso a inmiscuirse en la intimidad familiar.

Así será el libro II del código civil catalán, si no se enmienda y que ha provocado ya innumerables reacciones contrarias a algunos aspectos de su contenido.
La Consellera de Justicia presume que el texto, es uno de los menos intervencionistas, pero de él se desprenden las concesiones a determinados colectivos, muy activistas pero poco realistas, que la han hecho caer en el ridículo al tener que reconocer públicamente que algunas de las normas que contiene son imposibles de cumplir.
Y es que el código pretende regular, aspectos de la esfera más intima y personal de las relaciones familiares en las que nadie tiene derecho a inmiscuirse puesto que forman parte de las normas de convivencia entre los miembros de una familia.

Entre algunas de las obligaciones que establece el nuevo código, está la de repartir las tareas domésticas “por leyâ€, es decir, el reparto equilibrado de las horas de plancha, del cambio de pañales, o quien hace la cena.
No habrá otro país en el mundo más pionero en legislar sobre ésta cuestión.

Otro de los aspectos que ha suscitado mayor asombro es que se establezca un “calendario obligatorio de confesionesâ€, por el que hay que comunicar a los hijos no biológicos que son adoptados antes de los doce años, edad especialmente sensible para los niños, lo que constituye una injerencia en las relaciones padres-hijos que pertenecen a la intimidad familiar.

El deber de los padres, en este caso debería transformarse en el derecho de los hijos a conocer su origen, si así lo desean, a la edad que ellos mismos consideren más oportuno.
Y otra cuestión. Bien está que las nuevas generaciones de padres divorciados quieran participar activamente en todo cuanto concierne al futuro de sus hijos, pero no creo que lo más conveniente sea pre-diseñar un plan que incluya su itinerario educativo, puesto que su futuro dependerá en gran medida de su capacidad y de su esfuerzo y muchos objetivos pueden verse superados o frustrados.

La nueva legislación resulta del todo prescindible, constituye una injerencia intolerable en la intimidad familiar, y sólo se explica por la obsesión por controlar nuestro ámbito privado con la excusa de que es una “pionera conquista socialâ€.